La librería de Katmandú

03.02.2017

RELATO

En Nepal, los caminos que transita la gente en su quehacer cotidiano acercan las montañas, atraviesan paisajes, recorren pueblos. La vida es un continuo subir y bajar palpitante en un escenario mitológico: los dioses habitan en las cumbres, ríos sagrados se abren paso entre las montañas, el viento se impregna de oraciones lanzadas desde los monasterios, y las gentes rezan moviendo molinillos de oración en señal de respeto.

El viaje a este país soñado mil veces, comienza en su capital, Katmandú. Desde que llegamos, nuestros sentidos se agudizan para no perdernos nada del espectáculo de la vida, en una ciudad donde todo es rebosante: la gente, los mercados, los templos, las casas, las tiendas, las calles, los autobuses, la luz, los colores.... Es difícil imaginar la paz de los caminos, de las montañas, viendo como hierve esta ciudad en la que nunca se teme por la seguridad, si se tiene el suficiente cuidado de mirar bien antes de aventurarse a cruzar. Recorrerla de día o de noche, casi justifica por si sólo las horas de vuelo empleadas en llegar hasta aquí. Es tan distinto a lo conocido que no se puede destacar nada en concreto pues todo es un universo en continuo movimiento en el que quieras o no ya estás atrapado.

Al abandonar las multitudinarias calles de la capital y entrar en la vertiginosa carretera que recorre y une el país de lado a lado sientes una mezcla de pasmo y estupor viendo los adelantamientos de coloridos camiones y abigarrados autobuses. Las más complejas leyes de física no son capaces de explicar como son capaces de pasar todos al tiempo por tan estrechos vericuetos, a la vez que evitan profundo baches, valientes ciclistas y parsimoniosas vacas. Cuando la mirada se fija en el paisaje y encuentras infinidad de pueblos repartidos por enormes y lejanas laderas, entiendes que la carretera se quede aquí, serpenteando la orilla del rio, incapaz de trepar a donde la vista alcanza.

Al empezar el recorrido por los caminos de los fértiles valles reconocemos en los verdes brillantes de los arrozales y en los coloridos saris de las mujeres que se afanan en la recolección, una imagen habitual en infinidad de revistas pero ahora, confesamos con asombro, lo estamos viendo con nuestros propios ojos, lo estamos viviendo paso a paso. Y, así, todo y todos los días y a cada momento, "Lo estoy viviendo" nos repetimos constantemente porque en este viaje no se ven cosas, se viven.

Cumbres de más de ocho mil metros, con nombres propios venerados por alpinistas y montañeros de todo el planeta se apropian cada día, de los primeros rayos del sol antes de que la luz descienda suave por sus encrespadas laderas hasta iluminar los escondidos valles y plagar de brillos las torrenciales aguas de los ríos. Todo es luz y asombro.

Desde que asoma la claridad del día, salimos al camino a cumplir con nuestro sueño, rodear los Annapurnas andando, en un viaje que sabemos, será inolvidable por muchas razones y una de ellas, subimos hasta lo 5.416 m. al pasar el collado de Thorung La, nos llevará tan cerca del sol y las estrellas como es difícil que volvamos a estar jamás con nuestro propio esfuerzo.

Enseguida descubrimos que realmente la belleza no está sólo en las montañas, en los ríos, en el paisaje, en la luz, si no en la gente y sobre todo en los niños. Felices, simpáticos, juguetones, se acercan curiosos, tímidos o descarados y nos contagian su alegría. Siempre somos bien recibidos, la gente comparte con nosotros sus buenos deseos "NAMASTE" (yo saludo a tus dioses).

Avanzamos por un escenario vibrante, por caminos trazados por el paso de siglos de transitar hombres y caballerías acarreando, a lejanos destinos, todo tipo de cosas, imprescindible en su mayoría para hacer la vida algo más llevadera a los habitantes de los perdidos pueblos de las montañas. Entre los porteadores suenan, con nombre propio, los Serpas, gente capaz de vivir y sobre todo trabajar en lo más alto, en los límites de la tierra.

Van apareciendo cumbres a medida que el paisaje modifica su fisonomía y se encajona entre el poderoso río, cambiando la vegetación, las gentes, los animales y la luz. Los empinados senderos que llevamos recorriendo varios días, nos han convertidos en peregrinos y devotos de esta tierra descomunal, inabarcable para los sentidos. Nos sentimos tan pequeños al sentir, al vivir algo tan grande que no podemos evitar dejarnos arrastrar por la emoción. Pero, tenemos un miedo difuso que se va acrecentando cada metro que ascendemos, el mal de altura. Sabemos lo que es, suponemos lo que se puede llegar a sentir pero, deseamos que los dioses sean benévolos con nosotros y nos dejen pasar por su territorio sin pagar este tributo, sin sufrirle. Y la mayoría lo conseguimos en una larga jornada que comienza a las tres de la madrugada en una noche sin luna, sólo iluminados por las linternas frontales y el centelleante brillo de las estrellas. En procesión silenciosa ascendemos atrapando el oxigeno a bocanadas, en fila, obedeciendo las instrucciones del guía que vigila que nuestros pasos no se pierdan en el abismo. Y de pronto, la luz comienza a dibujar los perfiles infinitos y blancos de las cumbres que nos rodean sobre el azul limpio y transparente de la mañana. Se definen las formas, el camino, la gente y celebramos exultantes el primer rayo de sol que atrapa una de las cumbres tiñéndose de rojo. Poco a poco el sol llega a todas las montañas y, por fin, a nosotros. Inmediatamente sentimos su calor justo cuando el camino nos ha llevado al punto más alto del viaje. Miramos con asombro al paisaje, contemplamos los relieves de las cumbres, celebramos la alegría de la gente, guardamos el momento en la memoria, disfrutamos haciéndonos fotos y continuamos el camino saboreando la emoción de ese momento. Este límite quedará marcado en nuestra memoria para siempre.

Y después hay más, más cumbres, más valles, más ríos, más gente..., el limite de este viaje adivinamos pasado el tiempo, nunca será su altura, será su intensidad, y cuando el avión remonta el vuelo para trasladarnos de nuevo a nuestro mundo, decimos en señal de respeto y admiración "NAMASTE" (yo saludo a tus dioses).