Imagínatelo

22.04.2017

RELATO

La sensación de tristeza se extendía más allá de un estado de ánimo. Los días lluviosos, el viento frió y racheado, la mortecina luz de las farolas, arrastraban al desanimo, al aburrimiento. Con un paisaje tan triste no cabía hacer otra cosa que permanecer en casa oyendo silbar al viento contra las persianas, un día y otro y otro...

Cada madrugada era una repetición de la anterior, la esperanza de mejoraría del tiempo duraba lo que se tarda en subir una persiana. La lluvia de un nuevo día golpeando en los cristales provocaba un escalofrió que recorría todo el cuerpo quedándose pegado a la espalda. Resultaba imposible permanecer erguido, estirado, o al menos en una postura natural, todo el mundo andaba encogido de frío.

Después de tanto tiempo bajo las mismas condiciones no había quien lo aguantara. El humor fue modificándose y se notaba cierta irritación en el trato habitual entre vecinos. Los buenos días, si se daban, se ladraban. Cualquier tropiezo en un lugar estrecho, se convertía en un gesto de enfado y, por supuesto, ni la más leve disculpa.

Al final, la gente asumió esos comportamientos como normales y dar un paseo se convirtió en algo desagradable. Nadie se saludaba, se trataban de evitar y no se cruzaban ni una palabra. Poco a poco las calles cada vez aparecían más desiertas y se llegó a salir sólo lo imprescindible.

Al llegar la primavera los días se convirtieron en luminosos y aunque llovió bastante, no eran todos los días grises, como fue habitual durante el invierno. Otros años, en la misma época la gente salía más, cuidaba sus jardines, pintaba sus ventanas y puertas pero, este año no. Las calles seguían desiertas y nadie acicalaba su casa. Se vigilaban unos a otros desde las ventanas, escondidos tras las cortinas.

Fue pasando la primavera y la última semana pasó algo inesperado que cambió totalmente las cosas. Comenzó de la manera más sencilla imaginable y cuando la gente no esperaba, y aparentemente, no necesitaba ningún cambio.

Una mañana muy luminosa, sin nubes en el cielo, justo una semana antes del verano, llegó un autobús con una excursión de niños y niñas de algún colegio. Recorrieron las solitarias calles rompiendo el silencio con un barullo de voces, escandalosa risa y alegres canciones. Al llegar a la plaza decidieron quedarse, unos a jugar y otros sencillamente a tomar el sol agradablemente. La gente que los observaba escondidos en sus casas, empezó a sentir una extraña alegría, contagiada sin duda por los niños, pero nadie salió a la calle. A la hora de comer, todos juntos se sentaron en círculo para poder estar más cómodos. Después, para reposar la digestión, una profesora sacó el libro que habían traído y que aparentemente les gustaba mucho, porque en cuanto la profesora se lo puso delante, estallaron en aplausos: Si la sonrisa ilumina tu cara, ilumina tu vida.

Se pasaban el libro de mano en mano, cada vez que la profesora pronunciaba un nuevo nombre: Juan... Carmen... Tina... Edgar... Marina... las distintas y preciosas voces iban dando vida a la bella historia. Y a la hora de regresar al autobús, el típico caos de te empujo... voy... cuidado... espera... llévalo tú... de eso nada... a mí no me toca... y el libro quedó olvidado sobre el banco azul, el más cercano a la fuente. Todos los ojos que miraban tras los cristales, se percataron inmediatamente de que había quedado el libro olvidado, pero nadie se atrevió a ir a por él a plena luz del día. Sin embargo, al llegar la noche... ¡Imagínatelo!.