El gran jefe indio

14.03.2017

CUENTO

Como es tradición, el consejo de ancianos de la tribu es el encargado de encontrar el nombre a los recién nacidos. En cuanto un bebé asoma a este mundo, y antes del primer llanto, les avisan si es un hombre o una mujer. Después, una señal coincidiendo con el primer llanto, les indicará el nombre que deberán poner al recién nacido.

Un día de verano, un respetuoso silencio mantenía al poblado atento al nacimiento de un nuevo miembro de la tribu. A media mañana la voz nerviosa de una mujer asomó por la puerta de la tienda gritando:

¡Un chico! ¡Es un chico, es un chico!

Los ancianos inmediatamente se pusieron a buscar la señal. Miraron al cielo... y no encontraron nada, miraron al rio... y no encontraron nada, y a las montañas... y al lago... y a los animales... y nada de nada. Como último recurso entraron a la tienda donde estaba Nube Blanca con su hijo recien nacido. Le miraron de arriba abajo... y no encontraron nada que les sirviera para encontrar un nombre.

Era la primera vez que los ancianos no daban con una señal al primer llanto de un recién nacido. Desesperados, se rindieron y lo comunicaron al Gran Jefe y al Chamán. Entonces, decidieron ser ellos los que pondrían el nombre al recien nacido. Miraron al cielo, al rio, al lago, a las montañas, a los animales y al niño. Y no fueron capaces tampoco de encontrar un nombre apropiado.

Viento Fresco y Nube Blanca estaban encantados de tener un hijo tan guapo y sano, pero también entristecidos al no poderlo llamarle con ningún nombre.

Al padre se le ocurrió una idea. Buscaría a su madre, Brisa Cálida que vivía alejada del mundo en las montañas. Desde que Río Seco, padre de Viento Fresco se reunió con el Gran Manitú en las verdes praderas del cielo, ella vivía recogiendo plantas medicinales y meditando lejos de la tribu, en señal de dolor. Todo el mundo la respetaba por eso, ayudaba al consejo de ancianos en sus decisiones cuando la iban a consultar algo. La idea de Viento Fresco fue bien acogida en el poblado.

Tras varias horas de viaje, el padre del nuevo miembro de la tribu encontró a su madre mirando al horizonte mientras el Sol se ocultaba. La alegría del encuentro fue doble, por volver a ver a su hijo y al enterarse que era abuela de un preciso guerrero. Pero, saber que aún no tenia nombre la preocupó.

-¡Un guerrero sin nombre! ¡Qué horror!- Nunca había ocurrido una cosa igual en la tribu.

Sin esperar a que el Sol volviera a salir decidió regresar al poblado esa misma noche. Gracias a la Luna llena pudieron hacer el camino sin grandes dificultades. Cuando llegaron, era pleno día. Sin descansar Brisa Cálida se acercó a ver a su nieto. La madre, Nube Blanca, lo tenía arropado en sus brazos. Apartó un poco las ropas y vio una linda cara que la sonrío haciendo un pequeño ruidito con su linda boca.

-¡Solete, pero si es un Solete!

Todos creyeron que era el nombre elegido por la anciana abuela y lo celebraron. El nuevo nombre del guerrero hijo de Viento Fresco y Nube Blanca, nieto de Río Seco y Brisa Cálida era un poco extraño, "Solete" y no seguía la tradición familiar pero, al fin y al cabo, era mejor que no tener ninguno.

Solete llegó a ser un respetado jefe de la tribu y su nombre lo aprendieron todas las demás tribus del valle y de las montañas aunque, pocos, muy pocos supieron el origen de tan peculiar nombre para un guerrero indio.

El consejo de ancianos aprendió que para ser un gran jefe no hace falta tener un nombre bonito, lo único necesario es tener un buen corazón y eso se consigue siendo una buena persona.