Al pie del cañón

07.02.2017

RELATO

Sonó la campanilla de la puerta con su impertinente tintineo. Carlos salió de la trastienda con la certeza de encontrar un cliente. Le sorprendió no ver a nadie y enfadado, dio la vuelta para terminar de ver los papeles de los bancos. Un saludo tímido de voz infantil le paró en seco.

Asomó la cabeza por encima del mostrador y se encontró con la cara de una niña pizpireta que le miraba con los ojos abiertos de par en par y una preciosa sonrisa dibujada en los labios.

¡Hola! Saludó Carlos sin ningún enfado ¿Querías algo? Preguntó con voz cariñosa.

Sí, contestó la niña. Quiero una caja con lazo y una bolsa. ¿Cuánto cuesta?

Yo no vendo cajas con lazos, respondió Carlos sin pensar, pero al ver dibujada la desilusión en la cara de la niña reaccionó. ¿Para qué la quieres?

Quiero hacer un regalo a mi mamá y necesito una caja con lazo para meterlo.

¡Ah, bueno! Respondió Carlos sonriendo, yo creo que lo podemos solucionar. ¿De que tamaño la necesitas? La niña se puso de puntillas, con la mano izquierda se agarró al mostrador, abrió la derecha con mucho cuidado y depositó un minúsculo diente blanco. Quiero meter esto, dijo con la sonrisa recuperada. He pensado, que así, mi mamá lo puede poner bajo su almohada y entonces el ratoncito le traerá el regalo a ella. ¡La gustan tanto los que me trae a mí el ratoncito Pérez!

Pues entonces no hay ningún problema, contestó Carlos, tengo la caja y el lazo perfectos. Sacó un lujoso estuche forrado de terciopelo azul, donde el diente destacaba como una nube iluminada. Lo envolvió con un lazo, y se lo dio metido en una bolsa.

¿Cuánto es? Preguntó con cara de preocupación la niña. Carlos se la quedó mirando sin saber qué responder. Como no está el jefe, mintió, no lo sé. ¡Te lo regalo yo!

Muchas gracias, dijo muy contenta la niña, y sonó de nuevo la campanilla de la puerta, al salir.

-Nada como ver a un cliente feliz, pensó Carlos, para recordarme, porque sigo al pie del cañón.